Más allá de los descubrimientos: la batalla por la estabilidad y el propósito en la ciencia moderna
La brecha silenciosa que amenaza el futuro de la ciencia
¿Y si te dijera que una parte importante de la próxima generación de científicos, la que podría descubrir la cura para una enfermedad o la solución a la crisis climática, está pensando seriamente en abandonar?
No es una especulación. Es la conclusión de una encuesta a más de 6.000 investigadores que publican en las revistas científicas más prestigiosas. Los resultados dibujan un panorama preocupante: existe una brecha cada vez más profunda entre los científicos que empiezan y los que ya están consolidados, una fractura que podría cambiar el rumbo de la investigación tal y como la conocemos.
"Publicar o morir": la inestabilidad como norma
El dato más demoledor tiene que ver con la estabilidad laboral. La realidad es que los investigadores que están al inicio de su carrera tienen el doble de probabilidades de querer abandonar la ciencia que sus colegas más veteranos.
Vamos a los números. Un 22% de los científicos con menos publicaciones (entre una y cinco desde 2020) afirma que es "probable o muy probable" que deje la investigación en los próximos dos o tres años. ¿Y los más experimentados, con más de 50 artículos publicados? Esa cifra cae en picado hasta solo un 9%.
No es solo dejar la ciencia, es la constante búsqueda de un lugar. Más de la mitad de los autores más jóvenes (un 55%) planea cambiar de institución pronto. Este nomadismo forzado es un síntoma de un sistema que no ofrece raíces.
Un joven biólogo computacional lo resumía así: dejó la universidad por un puesto en la industria porque el ciclo interminable de pedir subvenciones y enviar artículos le dejaba sin tiempo para lo más importante: investigar. A eso le sumó la búsqueda de un mejor equilibrio de vida y, por supuesto, un salario más alto. De hecho, esta lucha por la eficiencia es una de las razones por las que algunos profesionales recurren a la IA para recuperar tiempo valioso en sus tareas diarias.
Esta cultura de "publicar o morir" es una fuente de presión y agotamiento inmensa. Como lo describió un neurocientífico postdoctoral en Corea del Sur, el foco en las métricas de publicación puede terminar devorando el simple placer de hacer ciencia.
Los expertos no se sorprenden. En muchos países, el número de doctorados que se gradúan supera con creces las plazas fijas disponibles desde hace décadas. Alguien lo describió como "el periodo de prácticas más largo del mundo, sin ninguna garantía de trabajo al final".
Dos generaciones, dos visiones sobre la ciencia y la libertad
Pero la brecha va más allá del empleo. Se trata de una diferencia fundamental en la libertad profesional y en los valores científicos. Los investigadores más jóvenes sienten que tienen mucha menos autonomía.
Casi un tercio de los científicos noveles (27%) siente que su línea de investigación está total o fuertemente determinada por su institución. Para los veteranos, esa cifra es casi la mitad (15%). Y la influencia de quienes financian la investigación es aún mayor, especialmente para los más jóvenes.
Y aquí viene lo interesante: ni siquiera se ponen de acuerdo en qué hace que una investigación tenga "impacto".
Las diferencias son claras:
- Los científicos con más experiencia tienden a priorizar el prestigio de la revista y el rigor metodológico. Para casi la mitad de los que han publicado más de 100 artículos, aparecer en una revista de alto impacto es un factor clave.
- Los científicos más jóvenes, en cambio, le dan mucha más importancia al acceso abierto. Para un tercio de ellos, que la investigación esté disponible para todos es un factor fundamental para que tenga impacto.
Dicho de otra forma, para muchos jóvenes investigadores, usar el "factor de impacto" de una revista como sinónimo de calidad está perdiendo sentido. Estas prioridades reflejan no solo lo que los científicos creen que debería impulsar el impacto académico, sino también lo que se premia en sus contextos institucionales y regionales. Existe una tensión entre lo que hace que un trabajo sea científicamente sólido y lo que logra "impacto" bajo las actuales estructuras de recompensa. Si esta mentalidad se mantiene a medida que avanzan en sus carreras, podríamos estar ante un cambio cultural muy positivo en el mundo académico.
Presión global, pero con prioridades compartidas
Toda esta tensión se desarrolla con un miedo de fondo que es casi universal: la financiación. En todas las regiones del mundo, la percepción es que el dinero para investigar está disminuyendo. El pesimismo es más fuerte en Norteamérica, donde un 69% de los encuestados cree que la financiación va a la baja.
Este no es un miedo abstracto. Un ejemplo reciente es la investigación sobre el hantavirus, una infección a menudo letal. Un consorcio internacional desarrolló un anticuerpo que protegió con éxito a hámsters de la cepa más peligrosa. Sin embargo, el proyecto se detuvo. El apoyo del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EE. UU. expiró en 2024, antes de que pudieran comenzar los ensayos en humanos. La dificultad para conseguir nuevos fondos se debe a que el hantavirus es una prioridad menor en comparación con enfermedades más comunes, dejando un tratamiento prometedor en el limbo. Es un claro ejemplo de cómo las prioridades externas moldean el progreso científico, un fenómeno que se extiende a otros ámbitos, como nuestra cobertura sobre cómo la política puede influir en la aprobación de medicamentos.
Estas presiones globales también moldean lo que cada uno considera importante. Por ejemplo, los investigadores en Asia, África y Sudamérica valoran más publicar en revistas de prestigio que sus colegas en Norteamérica y Europa. Los europeos, por su parte, priorizan más el acceso abierto.
Estas diferencias no son casuales. Reflejan las desigualdades estructurales del sistema científico global. Impulsar la "ciencia abierta" es mucho más fácil para países ricos y científicos bien financiados que pueden pagar los costes asociados.
A pesar de todas las divisiones, hay algo en lo que casi todos están de acuerdo. El factor más importante para que una investigación tenga impacto son los "hallazgos novedosos, innovadores y originales" (elegido por el 84% de todos los encuestados). Le sigue de cerca que la investigación sea "rigurosa y metodológicamente sólida" (70%). Mantener este estándar es un desafío creciente, sobre todo ante herramientas que, sin un uso crítico, podrían limitar el pensamiento original al reforzar sesgos existentes.
La ciencia del futuro depende de equilibrar las prioridades inmediatas con la curiosidad a largo plazo, que es de donde suelen nacer los grandes descubrimientos. Con un panorama cada vez más ajustado y una generación emergente que se siente cada vez más limitada, la pregunta es si el sistema actual está preparado para apoyarles y como afectará esta brecha a los nuevos avances en salud.